dimanche 31 mai 2009

Montfaucon en vélo avec l’esprit d’Hannibal

Aprovechando una tregua del mistral, me fui en bicicleta a un pintoresco pueblito no lejos de Roquemaure. La tarde iba en caída y el sol seguía alto. Las nubes, barridas por el viento, no asomaban por ninguna parte. Dejé Roquemaure en dirección a la isla de Miémart y pedaleé sin hacer pausas hasta la calle de Montfaucon donde se yerguen uno frente al otro, los dos edificios principales del pueblo, la iglesia, construida en 1841, y el ayuntamiento. El ayuntamiento, si no fuera por las banderas de la Unión Europea y la francesa, pasaba por una demora familiar, estructura cuadrada, con sus ventanas y contraventanas verdes orneadas con piedra de talla de la región.
©2009-cAc
El sitio donde se levanta Montfaucon existe desde el neolítico. La leyenda cuenta que Aníbal, el célebre cartaginés, atravesó el Ródano cerca del actual puebloMontfaucon se reconoce desde lejos por su castillo, encaramado en el macizo rocoso de Saint Maur. El castillo feudal y fortaleza, fue edificado en el siglo XI, y por su ubicación en la rivera del Ródano, asumía el control del tráfico fluvial e imponía los derechos de pasaje. En el XVI, una gran parte del castillo fue destruido y más tarde restaurado y ampliado por el Barón Louis de Montfaucon, quien en memoria de su madre, Agatha Clavering, le otorga un toque de estilo escocés, único en Francia por su forma triangular.

©2009-cAc
Pintoresco, pero nada excepcional. Una calma casi absoluta, el sol bañando los muros de sus viejas casas, las contraventanas entreabiertas; y por ser domingo los comercios cerrados, pero el bar a la entrada del pueblo abarrotado de parroquianos bebiendo pastises. Di la vuelta a Montfaucon y descubrí enormes plantaciones de cactus espinosos. A falta de puentes levadizos, nada mejor que los cactus para contrarrestar supuestas invasiones. El castillo no se visita.
©2009-cAc
No obstante, subí la colina y miré la torre escondida entre los árboles. Voces de niños detrás de los muros del castillo. Seguramente los nietos del Barón. Vacilé entre hacer el mismo camino de vuelta o buscar otra salida. La rue du château estaba a mi derecha. Una cuesta bordeada de otras también viejas casas. Nadie en la calle, salvo el sol clavando sus últimos rayos. Busqué la salida del pueblo. Pasé frente al bar. Dos manos me saludaron y respondí a la gentileza. Me hubiera bebido un pastis. Pero la ruta sombreada con los platanes me satisfacía igual.
©2009-cAc

vendredi 29 mai 2009

Espacio, luz y muros al interior de Castelas


Dos veces entré en la capilla romana de Le Castelas. La primera, ayer, cuando descubría Rochefort y sus callejuelas. Una de esas callejuelas, por casualidad, me condujo a la cumbre rochefortina. El sol iba descendiendo en su vuelo y los muros del recinto se avivaban con la luz en fuga. La puerta entreabierta, el espacio vacío agrandado por la desnudez. Saludé a viva voz y de entre los muros como un ángel salió una muchacha, con útiles de trabajo en sus manos. Y una segunda muchacha. Las dos, sin que yo pudiera adivinarlo, daban los últimos toques a la exposición que abriría al día siguiente. Gentiles, me invitaron a que descubriera el lugar y luego me invitaron a asistir a la exposición.
Por segunda vez vuelvo a Rochefort-du-Gard y entro de nuevo en Le Castelas como espectador de una obra fusionada con otra obra. Como todo evento, los vernissages tienen su público, y al exterior del emblemático lugar, rochefortianos y otros curiosos esperaban la apertura. Allí estaban Estelle Moriconi y Anne Saligann, las dos jóvenes artistas que han sabido fusionar sus artes para lograr un equilibrio/desequilibrio de los colores, la luz y el espacio. Castelas les ha proporcionado las tres cosas, el espacio desnudo debajo de su nave, la luz irresistible que penetra por su ojo de buey y la ventana de su fachada principal; y los vestigios de los frescos aún vivos en sus muros.


Como mariposas, las dos mujeres han aleteado entre los muros buscando penumbras y claroscuros capaces de dar una dimensión desconocida hasta ahora en la capilla. Del óculo antiguo a los muros, de los muros al cielo beige de la bóveda, de los frescos a los conos suspendidos, del rostro invisible a la visibilidad de una tristeza que mira entre los cuadrados transparentes cual pared descubierta a fuerza de luces…


Bien valdría la pena subir la cuesta y penetrar en el recinto, mientras el sol se encapricha en hacer penetrar la luz, que con una cadencia antigua se apodera de la técnica para engrandecer el espacio. Satisfecho dejo luces y piedras, después de haber saludado a las dos artistas, haber escuchado la presentación hecha por M. Vacaris, alcalde de Rochefort-du-Gard, intercambiado saludo con M. Pecoult, alcalde de Roquemaure y ahora les dejo una secuencia de fotos de la instalación concebida por la pintora rochefortina (Anne Saligann) y la artista plástica roquemorena (Estelle Moriconi).


jeudi 28 mai 2009

Le Castelas, Chapelle Romaine



©2009-cAc

Tiene la forma de una cruz latina y antaño fue iglesia parroquial. Ubicada al interior de las desaparecidas murallas, el edificio de pobre arquitectura domina desde su altura todo Rochefort. A la rudeza del estilo escapa el ábside, único vestigio anterior a las guerras del siglo XVI. Desde la altura de Castelas, la vista es inexpugnable y el paisaje de viñedos acuerda todo el verde necesario.
©2009-cAc
La llanura es vasta, salpicada de caseríos o de granjas individuales. En la explanada, que ahora sirve de parking se yergue la cruz de la misión y en lontananza, el Ventoux, como una bola de helado cremoso que el sol comienza a derretir.

Al interior de la vieja capilla romana del siglo XI, que actualmente sirve como lugar de reunión al consejo municipal y como sala de conciertos y exposiciones, los muros conservan vestigios de frescos.

©2009-cAc

Roca-Fortis, un village du Gard

Se llamó Roca-Fortis durante setecientos veintidós años al cabo de los cuales, en 1891, cambia por el que porta actualmente: Rochefort-du-Gard. Es, en este pasible pueblo antiguamente protegido por murallas, que decidimos detenernos para sentarnos en un café frente a la Fontaine de l’ange y beber un una copa de blanco de la región. Una vez acabada la copa nos preguntamos si una segunda pero entonces no andaríamos el pueblo sino a cuatro patas y raudos nos levantamos de la mesa. Otro pueblo como tantos otros de la región, pero como todos, prestos a mostrarnos sus particularidades, sus callejuelas menos ricas más sombreadas y su patrimonio de cual sus habitantes están orgullosos.
©2009-cAc
El ayuntamiento está situado desde 1825 en la otrora Chapelle St-Joseph, edificada en 1734, por Pierre Palejay, un notable de Roca-Fortis. La Capilla se construyó para remplazar la vieja iglesia, vetusta y a la que se debía acceder por una cuesta. Frente al ayuntamiento, una fuente rehabilitada muestra el frontón de la antigua y única fuente con que contaba el pueblo, antes de poner en marcha las obras de canalización provenientes de los manantiales de Vaujus hacia 1821, que será el preámbulo del acueducto de Signargues.
©2009-cAc
La iglesia, que parece una catedral en talla reducida, tiene cierta elegancia por su estructura aguda y su fachada ornamentada de esculturas. Fue construida en 1849. El interior es remarcable con sus tres naves, la bóveda principal apoyada en doce columnatas que terminan en aretes finamente trabajados. Pórticos, columnas, ventanas en forma de rosetones, altares en mármol al final de las naves y pinturas de las doce estaciones de la Pasión dolorosa. La ebanistería del púlpito es una verdadera obra maestra.
©2009-cAc
Y como nos queda todavía subir la cuesta del camino rural de Castellas, nos tomamos un reposo en el magnífico lavadero público de Rochefort-du-Gard.

©2009-cAc
Y como por obra de encantos, el Ventoux vigilante detrás de los tejados rochefortianos.