jeudi 25 décembre 2008

MERRY CHRISTMAS!


Navidad provenzal en tierras de la Lozère
La "pompe à l’huile"
El mistral sopló toda la noche. Los castaños perdieron las últimas hojas que vestían sus ramas y el viento las dispersó haciendo del jardín un tapiz de hojas secas. Al alba, el mistral arreció y la temperatura se tornó glacial. Con los primeros claros, llamaron de le panadería para que buscáramos la "pompe à l’huile" que encargamos con antelación. La "pompe" es una especialidad provenzal y se come con preferencia durante la Navidad.

Ya es Navidad. Cada año, el almuerzo del veinticinco reúne a una parte de la familia en un salón del Château de Clary, al calor de una chimenea cuyas brazas saltan enrojecidas como si fuera un volcán. La leña se irá consumiendo y Clary se quedará al cuidado de Barzac mientras nosotros rodamos en dirección a un pueblito clavado en un flanco de los montes de Cevennes.
Les vases d’Anduze
Dejamos Roquemaure, y tomamos la autopista en dirección de Nimes. Media hora más tarde bordeábamos la más española de las ciudades del sur de Francia. La ligereza del gris que cubría el cielo fue dando paso a lagunas azules y poco a poco las nubes desaparecieron. Pueblitos dispersos a uno y otro lado de la ruta, puentes sobre arroyos cobardes en cauce y nombres con sabor a campo y agua cristalina: Rouvénage, l’Esquielle, l’Auriol, Valat du Porc, l’Ourne. Sólo el Gardon es un gran río, que da nombre al departamento y apellida a un pueblito anclado en sus orillas: Marvéjols-les-Gardons. Pasamos Anduze, que aunque es un pueblo poco agraciado y triste, fabrica los tiestos que lo han hecho célebre: “les vases d’Anduze”.

Ya estamos en la puerta de Cévennes. Bordeamos el último pueblo gardois, St-Jean-du-Gard, y un poco más lejos, después de pasar el Col de St-Pierre ya a casi 600m, penetramos en la Corniche de Cévennes. Curvas poco agresivas, y mientras subimos, el paisaje cevenol se extiende en todo su esplendor, pinos y castaños colgados de los flancos que descienden verdeando los parajes. En las orillas de la carretera, brilla la nieve endurecida caída durante la última nevada. Nevará mientras estemos en estos montes?, nos preguntamos mientras alcanzamos el Paso del Exilio a 704m de altura. Cévennes se extiende sobre tres departamentos. Una señal anuncia que estamos entrando en Saint-Roman de Tousque. Cévennes en Lozère.
Saint-Roman de Tousque
El minúsculo pueblo está colgado a 624m en la cima de un monte que le permite divisar los parajes de la Cornisa, el monte Aigoual, la Barre-des-Cévennes y todo el macizo que lo engloba. Viejas casas de gruesos muros, una escuela, una posada y par de albergues rurales. Entre ellos, austero, se erige el campanario del templo protestante. Un edificio que fue reconstruido en la segunda mitad del siglo XVII, pero que sus ventanas ojivales denuncian una mayor ancianidad. En sus orígenes fue capilla católica de los monjes benedictinos. En el XIX, después de haber sido utilizado como establo y granja para heno, fue vendida a la parroquia protestante del pueblo. Saint-Roman de Tousque fue el centro de los "camisards" en tiempos de la guerra de Cévennes, entre católicos y protestantes.

Nos instalamos en el "chalet", imponente, todo revestido en piedras, desde cuyas ventanas y terrazas, la vista es excepcional. La chimenea mantiene caliente el salón familiar. Todo viene preparado de las cocinas de Clary. Somos once sentados a la mesa para compartir el almuerzo de Navidad. No tendremos en cuenta toda la tradición, pero será abundante para presagiar la prosperidad. La entrada promete ser un excelente paté relleno de ciruelas y acompañado de verduras. No habrá pavo, pero si un jabalí cazado en los bosques de Clary, asado, bañado en un jugo marinado y acompañado de patatas rebozadas al horno. Buen vino, porque de casta le viene al galgo, y tres o cuatro quesos bien fuertes en su hechura. Los panes, variadísimos, no fueron fruto de la gentileza de madrinas y padrinos, y mucho menos de Saint-Etienne o de Estevenoun. Habrá, no una, sino dos "bûches de Noêl", y para acompañarla, no faltarán los trece postres: la "pompe à l’huile", a base de fina harina, aceite de oliva, agua de la flor del naranjo y azúcar prieto; turrón blanco con avellanas, piñones, pistachos y almendras, turrón negro, higos secos, almendras, nueces y pasas secas (éstos cuatro hacen parte del "mendicante"), peras, manzanas, naranjas o mandarinas, dátiles, limón confitado y mermelada de membrillo. En la tradición familiar, el vino caliente se bebía al final del almuerzo, después que el decano de la familia hubiera pronunciado la tradicional frase en provenzal: "Dieu noun fague la graci de véire l’an que ven, e se noun sian pas maï, que noun fuguen pas mens"
Nevada matinal
Al amanecer, una claridad luminosa se instaló detrás de los montes cevenoles, dando a la silueta de picos un contorno del color de la tempestad. Pero en lugar de aclarar, una hora después, el cielo se tiñó de un gris ventoso y mientras el café comenzaba a humear en la cafetera, a través de los vidrios de las ventanas de la cocina, vimos como caían tímidos copos de nieve. Los copos arreciaron y techos, patio y árbles se fueron cubriendo de una fina capa blanca que no se derretía. La nieve no cesaba, y al cabo de media hora, nada escapaba al manto frío del invierno montañoso. Nevó durante cuatro horas, lo suficiente para que el espectáculo navideño fuera bordado como una tarjeta postal. La nieve no impidió que los caminos fueran nuestros y que dejáramos multitud de huellas en los senderos que salen del pueblo y se pierden en la profundidad boscosa de sus alrededores.

video©camcAc-2008
La Boissonnade
De la misma manera que comenzó a nevar, tímidamente, se detuvo la nevada. El almuerzo del viernes acaparó nuestra atención, y no supimos cuando cayó el último copo. Volvimos a los senderos en busca de la antigua iglesia ND de la Victoire de Valfrancesque. Pero nos perdimos y terminamos en un sendero sin salida del otro lado de la vertiente de la montaña. De regreso al punto de partida, recogimos un saco de castañas para asarlas en la chimenea. Unos volvieron al chalet y otros decidimos descender al pie de la montaña, por un camino que señalaba que cuatro kilómetros abajo, se encontraba La Boissonnade. Un caserío levantado entre la ruta que lleva a Moissac, campos sembrados y un arroyo de poca profundidad. Del otro lado de la ruta, un imponente edificio construido con bellos cantos de piedras extraídas de los alrededores.

El edificio fue construido sobre las ruinas de una mezquita, porque musulmanes fueron los primeros habitantes de la comuna, que venidos de España, conquistaron la región entre 719 y 725. El inmueble fue atravesando siglos de avatares, guerras y calamidades, incluyendo el olvido durante veinticinco años. A finales del siglo XVIII, el edificio fue vendido como “bien nacional” y en el primer cuarto de siglo del XIX, fue comprado por la comunidad protestante que desde entonces lo utiliza como lugar de culto.
A 800m, siguiendo la ruta, en lo alto de una colina, se alzan las ruinas del castillo de Moissac.
Pero ya era tarde para un ascenso por senderos desconocidos y privilegiamos el regreso a Saint-Roman, un ascenso himalayano que para evitar nos sorprendiera la noche, hicimos en una hora.
Aunque no había polémicas ni discusión en el grupo familiar, nos reunimos todos en el salón, alrededor de la chimenea para echar las castañas al fuego y contarnos historias ciertas o inverosímiles, pero que alargaron la velada antes de preparar el regreso a Roquemaure, ésta vez, por la otra vertiente de la montaña, bordeando el Gardon de Mialet hasta que desapareció a nuestra vista cuando cruzamos la frontera invisible que divide la Lozère del Gard.
Plus de photos, d'information ainsi que les réservations sur le site:
http://lousourel.chez-alice.fr/

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