
El viento empujó las nubes del otro lado de la montaña y el sol se encargó de darle luz a las coloridas edificaciones del Viejo Carouge. El mercado ocupaba la plaza y vinos, quesos y panes se disputaban la primicia de ser los mejores. Y ante tanta buena oferta no pudimos abstraernos y llenamos la canasta de ellos. Una cerveza artesanal en una taverna para abrigarnos del frío y dando saltos de una calle a otra para disfrutar de ese mosaico arquitectural que es Carouge. Una villa que fue ejemplo de tolerancia y que aceptó la implantación de extranjeros sin mirar sus orígenes ni su fe religiosa.
Casas bajas pintadas de colores pasteles, plazuelas sembradas de platanes y fuentes de gracia particular, hacen olvidar que el viento comienza a levantarse. Nos detenemos para que pase el tranvía de líneas modernas, silencioso, y no imaginamos que fue éste, que une Carouge con la Place Neuve de Ginebra, el primero de Suiza, entonces llamado “chemin de fer américain”, que eran coches tirados por caballos.
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