
Al mudarnos a Paris, nos instalamos en un edificio de la rue Nollet durante seis meses. Nollet y rue de La Condamine era paso obligado, como lo es hoy también, porque aunque nos mudamos, sólo nos desplazamos de calle. Mi barrio comienza a transformarse desde hace poco, pero cuando nos instalamos respiraba ese aire de pueblito provinciano con multitud de viejos comercios y atelieres de reparación, y esquinas cerradas durante años. Nollet y La Condamine fue eso. En una esquina un edificio rehabilitado con mal gusto, en otra, un local polvoriento lleno de antigüedades vestidas de tela de araña, enfrente un lavatín donde se tropezaban todos los vecinos cuyo espacio vital no les permitía incorporar una lavadora en sus apartamentos, y en la cuarta esquina, la ruina interior del que fue un bar-tabac llamado Le Gitane, fachada ennegrecida por la polución, guindajos colgando de lo que fue un toldo, y cada vez, una losa de mármol (verde ?, gris ?) cayendo en pedazos, de las que enchapaban la fachada. El inmueble de esquina, degradado, despintado, agrietado y dando bandazos sus contra-ventanas. La esquina del horror. El lavatín cerró sus puertas un lunes no hace mucho, celoso de la rehabilitación del viejo local de antigüedades, que se vistió de nuevo y bien integrado al lugar. Dejando para luego las fotos que quería tomar del Gitane, me quedé sin hacerlas. Durante una ausencia el verano pasado, Le Gitane ruinoso y sucio se dejó ver, amparado por permiso de demolición. Y cuando volví, el permiso de construir flotaba en sus muros y un equipo de obreros rompía, limpiaba y daba forma a un fantasma de esquina durante mucho tiempo esperando mejor vida. A la izquierda, les presento la esquina cuando era una épicerie-boucherie del viejo Batignolles, a través de una tarjeta que compré en el último vide-grenier del barrio.
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