
Los bailarines del Ballet Nacional de Cuba y particularmente su directora, Alicia Alonso, detestaban la ciudad del Bélico y presentarse en el Teatro La Caridad de Santa Clara era como “bailar al borde del abismo”. Los santaclareños, aunque no eran como los camagûeyanos y los matanceros, provincianos amantes del ballet, se precipitaban a comprar entradas para las tres funciones que siempre tenían lugar en la ciudad. Viernes y sábado a las 9 de la noche y la dominical función de las cinco de la tarde. Apasionados unos y mucho menos otros, la gente colmaba la platea baja, los balcones, y hasta el gallinero del teatro construido por Marta Abreu de Estévez. Un viejo amigo me dijo que el rechazo de los santaclareños estaba dado porque cada vez que la compañía se presentaba, llevaba el mismo repertorio, “El lago de los cisnes”, “El lago de los cisnes” y “El lago de los cisnes”. Yo recuerdo algunas de esas funciones. En La Habana comprendí que el ballet tenía un público y que como todas las junglas, hay que saber perderse en sus vericuetos para entender la perfección y las imperfecciones. Mi primo Luis César me decía que yo era ciego para la danza, que no perdiera mi tiempo en una butaca de teatro y tenía razón…
Recién mudado a Paris, mi amigo Luke Lennon me invitó al Ballet de l’Opéra que presentaba el clásico “Lago de los cisnes”, y no encontré una coartada para evadir la invitación. La última vez que asistí a una función de ballet fue para disfrutar el Casanova de Angelin Preljocaj, también en el Palais Garnier.
Y ahora me encuentro frente a tanta danza literaria bien bailada, en la figura devota de Isis Wirth moviendo sus dedos críticos y apasionados que me cuenta la leyenda del ballet como yo no imaginaba.
Paris, 15 de marzo del 2008.
*La presentación del libro estuvo a cargo de la escritora Zoé Valdés con el concurso de ZV Lunáticas y la Editorial Aduana Vieja.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire