mardi 20 mai 2008

Y llovió en La Habana esa tarde…

Un nutrido grupo de cubanos residentes en Paris, nos reunimos ayer en la Maison de l’Amérique latine para tocar a la puerta de José Lezama Lima en una imaginaria calle de Trocadero. La aldaba podía haber sonado treinta y tres veces pero los allí presentes nos deleitamos entrando en el número 162 de la casa centrohabanera de la mano de seis de los autores compilados en el libro que acaba de publicar la editorial Aduana Vieja en su estrenada colección Viendo llover en La Habana que dirige William Navarrete.
De regreso a mi casa no pude contenerme y ante la imposibilidad de tocar la aldaba del número 114 de la calle Trocadero, logré comunicar con sus inquilinos que son mis amigos y supe que esa tarde llovió en La Habana. En Paris una brisa fresca, como del mar, lejano, imaginario, entró por las ventanas abiertas del auditórium. Nivaria Tejera nos dejó deshechos con su intervención y hasta hundió a nuestro gran Pepe Triana en un mutismo momentáneo, yo pienso que por tanto recuerdo acumulado de su amistad con Lezama, mientras escuchaba a Nivaria. Yo vi un velo acuoso en la mirada de Triana y mi vista también se veló tratando de imaginarme al autor de Paradiso, caminando con su paso fatigado, jadeante a veces, por la misma acera de Trocadero 114, donde viví varios años. Luego Regina Maestri envuelta en las ochenta y seis vueltas de su turbante, nos hizo traspasar el muro invisible de sus recuerdos lezamianos antes que tomara las riendas del mulo su hija Regina, un mulo adolorido que la humildad lo hace eterno. Y entra Sales en la isla que fue de Lezama para de forma excelente rendir homenaje al escritor y de forma magistral, a la isla, que todavía se estremece de los mismos pesares que atormentaron al inquilino de Trocadero 162. El último aldabonazo, breve, lo dio William, y como nadie estaba para abrirnos la casa del viejo barrio habanero, todos nos apropiamos de un pedazo de la hendija que abrió Navarrete en la madera.


De izq. a derecha William Navarrete, Regina Avila, Nivaria Tejera, José Triana, Regina Maestri y Miguel Sales.

La lluvia habanera se detuvo en las manos hábiles de Latifa Al-Sowayel que prestó el goteo del agua deslizándose por los aleros, cayendo en la acera, y haciendo círculos diminutos en la continuidad de la caída. La lluvia arreció y quedó estampada en la cubierta de Aldabonazo en Trocadero 162.
Intenté dormirme una vez que terminé de leer a treinta y dos de los autores. El texto de Regina Maestri quise guardarlo en mi memoria con la voz de su autora. Pero no me quedó otro remedio que leerlo e imaginar entonces a Regina del otro lado del muro.

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