©cAc-2009
Casi al mediodía comenzó a nevar en Roquemaure. Las informaciones de 13h00 anuncian la supresión de todos los trenes circulando entre Paris-Marsella-Paris. El caos. Mi tren ha sido suprimido. Verifico en el site infoline de la sncf y confirmo que es una realidad. Mientras tanto sigue nevando en Roquemaure y sus alrededores. Llamo a Paris y anulo lo previsto para la mañana y tarde del jueves. Con buena suerte podré cenar con amigos para celebrar los treinta años de Alí Kemal, mi amigo turco.
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Ya que no hay otra solución, pues a disfrutar del paisaje nevado del Ródano. El rigor del invierno entorpece el ritmo cotidiano de las regiones no habituadas a ver sus tierras coparse de blanco. Es posible que estemos volviendo a niveles casi normales de condiciones climáticas, que falta hace. Volvemos a casa los pies congelados. Mis botas de goma no son apropiadas, pero no tenía otras. A las cinco de la tarde vuelvo a entrar en infoline. La sncf tiene previsto hacer circular cuatro trenes en dirección a Paris. Cierro mi equipaje y nos ponemos en ruta a Avignon pasando por Sauveterre. Queremos evitar la caída de la noche. La nieve se ha solidificado y los carros patinan. El trayecto que habitualmente hacemos en 15 minutos nos lleva cuarenta. La gare tgv de Avignon es un hormiguero de gente perdida bajo su bóveda. Nadie en información. Nadie para decir que en el andén tres hay un tgv estacionado esperando la orden de partir a Paris. Es el segundo de los cuatro que circularán pero no el que yo debo tomar. Atravieso la estación tirando mi equipaje, el ascensor se ha bloqueado, no hago la validación del billete, monto no se qué vagón, acomodo mi maletín y me siento a esperar el silbato que los ya instalados en el tren esperan después de más de una hora. Un crepúculo negriazul ha dado paso a un cielo borrascoso. Ha cesado de nevar. El tren se pone en marcha. El coche de regreso a Roquemaure volverá a patinar sobre la “route de Sauveterre”. Miro mi billete sin compostar. Billete comprado con bastante tiempo (casi dos meses de antelación, el prem’s no es ni cambiable ni reemborsable!, sncf oblige), y a partir del día jueves una agenda en movimiento. Y no!. Ya todo ha sido cambiado, no vale la pena rechinar!
Ya que no hay otra solución, pues a disfrutar del paisaje nevado del Ródano. El rigor del invierno entorpece el ritmo cotidiano de las regiones no habituadas a ver sus tierras coparse de blanco. Es posible que estemos volviendo a niveles casi normales de condiciones climáticas, que falta hace. Volvemos a casa los pies congelados. Mis botas de goma no son apropiadas, pero no tenía otras. A las cinco de la tarde vuelvo a entrar en infoline. La sncf tiene previsto hacer circular cuatro trenes en dirección a Paris. Cierro mi equipaje y nos ponemos en ruta a Avignon pasando por Sauveterre. Queremos evitar la caída de la noche. La nieve se ha solidificado y los carros patinan. El trayecto que habitualmente hacemos en 15 minutos nos lleva cuarenta. La gare tgv de Avignon es un hormiguero de gente perdida bajo su bóveda. Nadie en información. Nadie para decir que en el andén tres hay un tgv estacionado esperando la orden de partir a Paris. Es el segundo de los cuatro que circularán pero no el que yo debo tomar. Atravieso la estación tirando mi equipaje, el ascensor se ha bloqueado, no hago la validación del billete, monto no se qué vagón, acomodo mi maletín y me siento a esperar el silbato que los ya instalados en el tren esperan después de más de una hora. Un crepúculo negriazul ha dado paso a un cielo borrascoso. Ha cesado de nevar. El tren se pone en marcha. El coche de regreso a Roquemaure volverá a patinar sobre la “route de Sauveterre”. Miro mi billete sin compostar. Billete comprado con bastante tiempo (casi dos meses de antelación, el prem’s no es ni cambiable ni reemborsable!, sncf oblige), y a partir del día jueves una agenda en movimiento. Y no!. Ya todo ha sido cambiado, no vale la pena rechinar!
El 6 de enero resultó ser unos de esos días que quedó bien anclado en mi memoria. No sé en qué año, pero recuerdo que no levantaba dos cuartas del suelo. Desde que nací tuve una “secretaria” a mi disposición, y supongo que fue ella quien se encargó de escribir a los reyes magos (yo sólo debía colocar la carta dentro de un zapato en la base del árbolito de Navidad), que negoció cuanta transacción fuera necesaria y que veló mi sueño para escurrirse debajo de mi cama y colocar los obsequios transportados en camello desde lejanos puntos de la tierra. Locomotoras, trenes, máquinas, un camión-tolva (nótese que preferí hacer cemento que apagar fuegos, pues no fue carro de bomberos lo que pedí a los reyes), juegos de armar (siempre con la idea de construir algo), un balón (ni bate ni guantes ni pelotas), cuñas de carrera (quizás por esa manía de andar siempre a la carrera!), una filarmónica (que no recuerdo haber tocado jamás) y otros juguetes que deben estar en el fondo de un baúl. La gran obra de mi secretaria fue haber pedido a Gaspar, Melchor y Balthazar, una bicicleta, y como la filarmónica no había surtido efecto, para Reyes del 65 agregó a la lista una guitarra y otros juegos. La víspera de reyes el tema de conversación era el aniversario 85 de Alta, la madre-abuela-bisabuela de nuestro clan paternal y me llevaron a la cama, convencidos de que dormía, y en efecto, no logré ver cuando los tres gentiles hombres se escurrieron para depositar los regalos. Hacía un día hermoso ese seis de enero y grande fue el susto que me llevé cuando descubrí la bicicleta. A lo demás poco caso hice. La primera vuelta fue ayudado de las dos rueditas posteriores que permitían la estabilidad mientras “aprendía”, para la segunda mi padre quitó una ruedita y a la tercera fui yo quien pidió me dejaran pedalear sin la otra. Quise además, sujetar la guitarra mientras conducía y esa fue la última vez que tuve una guitarra en mis manos. El instrumento flaqueó, cayó delante de la rueda y quedó destrozado. La bicicleta me acompañó durante toda mi niñez y todavía vive en un rincón junto a otros trastos. 

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