mardi 14 juillet 2009

Repas Républicain à Roquemaure


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Tres erres en el título de esta bitácora para reseñar una manifestación que se ha puesto de moda en el hexágono: el “repas républicain”. Y la rodaniana “ville de Roquemaure” no escapa a tal evento. En la plaza del ayuntamiento, tocada de una fuente y de plátanos umbrosos, los roquemaurois han comenzado a ocupar mesas y bancadas desde temprano, bueno, digo temprano, desde antes de las siete de la noche, hora prevista para el comienzo del “on t’a vu” abrazos, besos y “bonyures” como si llevaran siglos sin verse en un pueblo en el que das tres pasos y te tropiezas tres veces a las mismas personas. Un pueblo vitícola del sur de Francia, varado en las márgenes del Ródano y el cual no supieron aprovechar (me refiero a sus primeros habitantes) para ofrecerse un litoral urbano como tantos otros pueblos atravesados por una envidiable vía fluvial. Pero vayamos al grano. Qué es un “repas républicain”? Yo diría que un deseo de encontrarse, de compartir en grande, entre todos, y al mismo tiempo, de los escasos momentos de encuentros pueblerinos, en el mercado cada martes, en la panadería o comprando aspirinas. Siempre de prisa, porque la prisa a invadido el ir y venir en los pueblos pequeños. Bajo las banderitas colgadas desde la lámpara central de la plaza hasta los árboles y postes, los pueblerinos comienzan a sacar sus canastas, las jabas isotérmicas, las botellas de agua, las de pastis y sobre todo las de tinto y rosadas, bien frescas estas últimas en período estival. En un pueblo no distante de Montpellier, la participación en el “repas républicain” conlleva a una participación de 17€ con inscripción de avance, y la mesa se cubrirá de hojaldras de muselina de salmón enjugado de crustáceos, una pintada rellena, gratinado de legumbres y patatas doradas, fresas, vinos a discreción, sangría y por supuesto, café! No ha habido que pagar nada en lo ofrecido por la municipalidad a la cabeza de Guy Pecoul que además ha ofrecido el aperitivo, amén de que los participantes también han llevado el suyo.
Como la uva rica en cepas, Roquemaure es rico en su mosaico cultural. Invadido por trabajadores temporales que venían de España durante las vendimias, unos en solitario otros en familia, decidieron echar anclas y se integraron al paisaje y a la vida. Sentados a las mesas hacían parte del “repas républicain” También se integró la primera generación de familias magrebíes llegadas a Roquemaure. Sin embargo, a pesar del aumento de estas familias inmigrantes, y que son numerosas, en el “repas républicain” no estaban presentes. Los más muchachos, sentados entre ellos en las esquinas. Los más jóvenes, en grupos, del lado del boulevard National, los más viejos, sentados en los bancos, allá, al fondo de la plaza de la Pousterle, y las mujeres?, las mujeres en las casas…
En la mesa larga en la que me tomé dos refrescantes pastis, y probé una “tapenade” exquisita, una pareja de belgas compartía con murcianos enquistados en el pueblo, un alemán, un cubano, y del otro lado una hermosísima negra de Malí, otros alemanes y hasta una inglesa de pecas. Es sólo una reseña del primer “repas républicain” al que asisto, coincidió que estaba ésta vez en el pueblo. No sé si la próxima vez estaré, imbricado en ese mosaico de cultura que es un pueblo francés, pero en el cual me gustaría ver, couscouses y ricos dulces árabes, hechos en casa, hechos por esas mujeres que estaban en sus casas, quizás deseosas de compartir las mesas desplegadas en la plaza del ayuntamiento, con nosotros, con hijos maridos y nietos, que también hacen parte del cotidiano del pueblo.
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Guy Pecoul, alcalde de Roquemaure, trocea uno de los grandes panes (excelentes!) horneados en la panaderia del boulevard National.

dimanche 12 juillet 2009

Figueres, capital de Alt Empordá

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En el primer lustro del siglo XX Figueres vio nacer a su hijo predilecto: Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domenech, 1er marqués de Púbol. En el mismo siglo pero ochenta y cinco años más tarde Figueres lo lloraría. Confieso que no he llegado a Figueres esta vez para rendir culto a quien siempre he pensado un poco desquiciado y snob. Pero también sería injusto no mencionar en una, dos o más líneas la huella que el artista y pintor surrealista logró legar a su pueblo. Un pueblo del Alt Empordá catalán que vive al ritmo del entra y sale de los turistas que se apresuran para entrar al museo que él mismo creara en 1974, el Teatro-Museo Gala Salvador Dalí.
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La iglesia Sant Pere de Figueres
Desde 1020 se rinde culto a San Pedro en Figueres. La iglesia, significativa entre los edificios figuerenses, ofrece a la vista un armonioso conjunto donde se mezclan la obra de los maestros del siglo XIII al siglo XX. La nave principal es gótica, erigida entre los s.XIII y XIV. El crucero y el presbiterio fueron construidos entre 1941 y 1948. El primer órgano de la iglesia data de 1449 y se salvó de la quema del edificio en el aciago año de 1936.



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Remembranzas en vísperas de un aniversario secular


Antes de abandonar Castelló, quise sentirme prisionero en los muros de una de las más antiguas prisiones de Cataluña. Cómo evadirme de aquel pueblo que me tentaba a seguir deambulando por sus calles? Sentí frío en las minúsculas celdas, escuché cadenas arrastradas por cuerpos fatigados, marinos perdidos o filibusteros llegados a las costas del condado. Ellos se evadieron dejando dibujos de barcos sobre las paredes. Una manera de matar el tiempo vivo insoportable, de evadirse en esos veleros murales. Pude entonces evadirme y buscar aquello que quedara de sinagoga. Búsqueda infructuosa. Dos tuvo Castelló. Como también su Call judío. Casi en bordura del pueblo, el Convento de Sant Bartomeu o de la Mercé, fundado por Sant Pere Nolasco en 1238. Recordé que nuestra infatigable Marta había fundado junto a sus hermanas en la ciudad del Bélico, un colegio que bautizaron San Pedro Nolasco. El convento, construido primeramente al exterior del burgo, fue trasladado en tiempos del conde Ponç Hug III al interior de la muralla. En el patio de la casa Nouvilas quedan como testigos del edificio conventual, dos impresionantes galerías del claustro de influencia renacentista, rico en arcos rebajados y columnas toscanas.
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En el siglo XIII las monjas clarisas fundaron su convento en terrenos próximos a Castelló. Más tarde, a finales del XVII, el convento fue trasladado a proximidad de la basílica. Santa Clara me persigue en muchos de mis viajes y me pregunto si es que mi ciudad me falta y su patrona se empeña en acercármela en cualquier recodo o paraje por el que me escape. Con su modesta iglesia de una sola nave y su sencillo claustro, compuesto de galerías de arcos de medio punto, el Convento de Santa Clara, sin pretensiones monásticas varios siglos ya corridos desde el lejano 1260, dejaba escapar los acordes de un arpa que se lamentaba sin razones.
Bajamos por la calle mitad sombra mitad reflejo del sol y buscamos la salida del pueblo. Allí justamente, en la carrer de Santa Clara, terminamos el noble recorrido por las calles que vieron deambular a luz de una antorcha a los condes de Empúries.

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La iglesia con aspecto de catedral (Castelló)

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La fachada de la basílica merece admirarse desde la terraza del café del frente, que una extensa explanada separa. Una horchata bien fría, traída de Valencia, un granizado de limón que podía estimular la punzada del guajiro o una cerveza ibérica helada capaz de enfriar mi deseo de entrar en la iglesia, y seguir pidiendo la bebida braseada. Cualquiera era ideal esa tarde bochornosa sin rastro de la lluvia del mediodía.


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La iglesia en penumbras, dejando entrar la claridad por los vitrales de poniente y por el rosetón de la fachada. Nadie que pudiera alterar el silencio salvo nosotros. Campanadas caprichosas. Dije nadie salvo nosotros y me equivoqué. Una pareja de tórtolos se abrazaba sin poner atención a lo que pasara a su alrededor. A mitad de la iglesia, en los bancos de la izquierda con el consentimiento de la virgen. Santa María? No, la Virgen de la Candelaria acaparando el centro del retablo gótico laboriosamente trabajado en alabastro.


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Debajo de nosotros como profunda base del edificio, los cimientos de lo que fue iglesia romana del siglo XII. Esas bases permitieron sostener la estructura gótica catalana que vio la luz en el XV, imbricado juego entre la simplísima ornamentación y la espiritualidad. Damos la vuelta al recinto comenzando por la derecha. Ellos siguen abrazados. Como no uso flash ni cuenta se dan que los he fotografiado en el instante preciso en que él le pide llevarla al altar. Santa María consiente, baja los párpados y les sonríe amorosamente.

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samedi 11 juillet 2009

La Gallarda de Castelló


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El calor sofocaba y el hambre no se controlaba con los dulces castellonenses. Una gota dos tres, el sol desapareció detrás de una inmensa nube y la besaba y tanto que la nube se puso a llorar. Un lagrimeo constante que se convirtió en lluvia con viento y aires frescos venidos de la montaña no lejana, o del mar, casi a tocar con la mano. Entramos en una puerta y pedimos de comer. Desde nuestro sitio toda la huerta que envuelve Castelló. Dos edificantes horas mojadas por un sofocón del sol. Nada contra la lluvia. Éramos viajeros sin prisa y sin horarios. Almorzamos mirando la quietud de la huerta. Llegamos a pensar que la lluvia había borrado el tiempo y nos dejaba perdidos en aquel burgo medieval cuyos condes querían inocentemente instalar la sede del episcopado del Empordà. El recalmón llegó y también todo rastro de lluvia.
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Entonces nos dimos cuenta que el almuerzo había sido amurallado y que el foso nos protegía de invasiones inminentes. La terraza florida, las ventanas rehabilitadas por aquello de las normas (Europeas?), y al final del muro desnudo, una ventana dejaba ver el horizonte de olivares. Estábamos en el Portal de la Gallarda, situado en la base de una torre rectangular construida y reconstruida entre los siglos XIII y XIV, la puerta que por el levante permitía la entrada al burgo fortificado. Salimos fuera de las murallas y nos dejamos empujar por la brisa fresca regalada por la lluvia.
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