Comenzamos a subir antes que el sol decidiera colorear de rojo el horizonte. De cuando en cuando, una pausa para disfrutar la magnífica rada de Toulon y cuanto nuestra vista alcanza en derredor. Robles emergiendo entre las piedras, pinos y en los flancos boscosos, una vegetación profusa. El tiempo sigue siendo hermoso pero el aire frío va ganando espacio mientras seguimos subiendo el macizo. En la cima, Toulon aparece como una mancha cementada entre montaña y mar.
El radio visual es inimaginable y descubrimos que va desde Bec de l’Aigle en La Ciotat hasta la isla de Porquerolles en la rada de Hyeres.
Es impresionante el sitio. El sol se va como águila en desbandada. El rojo va tornando en lila amarillo azul negro.
Toulon comienza a encender sus luces. Sigue siendo un punto de manzanas cementadas. Quién puede imaginar que estamos a un cuarto de hora de una aglomeración como Toulon? Damos la espalda al mar y avanzamos en la penumbra que va acariciando la cima. A la izquierda, hacia el norte, la Sainte-Baume, aún bañada por la claridad del crepúsculo. En los confines, nevados, los primeros picos alpinos casi sumidos en la oscuridad.
El 17 de diciembre se celebra San Lázaro. Babalú Ayé es un orisha mayor del panteón yoruba muy venerado en Cuba. Venerado igualmente como San Lázaro, en la religión católica. Tanto en la santería como en el catolicismo, es el santo de la miseria humana, de las epidemias y de las enfermedades de la piel, sobretodo contagiosas. Babalú Ayé, que significa “padre del mundo”, fue llevado a Cuba por los esclavos africanos que siguieron venerándolo como hacían en tierra Arará y Lucumí. Es presentado como un anciano, corbado, apoyado en sus dos muletas, una cinta en la frente, torso desnudo, su cuerpo lacerado por las enfermedades, y acompañado por dos perros que lamen sus heridas. Tiene como atributos la tela de yute, las moscas, los mosquitos y los perros. También se le atribuye el morado obispo como color, y en las cuentas, el negro, el blanco con rayas azules y las cuentas rojas. Se le ofrece maíz asado, pan quemado, agua de coco, aceite, granos y vino seco. .jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)

.jpg)
.jpg)
La historia de la estación Saint-Lazare comienza en 1837, cuando fue abierto el ferrocarril de Paris a Saint-Germain. Fue construida, provisionalmente en madera, en el sitio de la place de l’Europe y en 1841, también de manera temporal, fue construido un edificio en mampostería, pero en la calle de Stockholm, delante de la mencionada plaza, siguiendo los planos del arquitecto Alfred Armand. La tercera estación, también firmada por A. Armand y el ingeniero Eugène Flachat, fue construida donde está situada actualmente, en la calle Saint-Lazare, que le dará el nombre que lleva. Las obras duraron desde 1842 a 1853, y se convirtió en 1867, en la más importante de Paris, y por la que pasaban 25 millones de pasajeros al año, lo que condujo a extensiones de la misma para facilitar el tráfico. Puede entenderse ello como el nacimiento de una cuarta estación Saint-Lazare, si tomamos en cuenta la inaugurada por Napoleón III a la ocasión de la Exposición Universal.