dimanche 2 novembre 2008

Fieles difuntos o día de los Muertos

Llámese como se llame, el segundo día del mes de noviembre se recuerda a los que ya no están entre nosotros. La fecha que durante años y años de nuestras vidas pasa como un día más, como otro día cualquiera de la semana, se nos hace chica inscribiendo en ella a todos los que faltan. Basta que la ausencia sea aquella de la persona a la que no pensabas agregar a la lista y de golpe te das cuenta que tienes un montón de Fieles Difuntos a quienes debes un pensamiento. Aparecen todos los abuelos, tíos, primos y amigos que partieron, aparecen porque falta ahora el personaje principal de la pieza que juegas en la vida. Mi madre ponía flores a sus fieles difuntos en la casa, y no recuerdo haberla visto acompañar a sus hermanas al cementerio, ensombrilladas, a pie, comadreando, llevando sus ramos comprados bien temprano el domingo, y regresando en coche, que hacían su fila frente al camposanto. Las mismas dos tías, todavía despiertas, ya no tienen fuerzas para andar el mismo camino y mucho menos regresar a sus casas en bicitaxi. Sin embargo, las dos tienen presente a sus fieles difuntos, a sus muertos.
Santa Clara aún duerme mientras yo escribo esta nota. Habrá sol y nubes queriendo expulsar un llovizna que hará más fresco el día, que comenzará con 22°. El cementerio abrirá sus puertas dentro de dos horas, y como es domingo y dos de noviembre, la gente acudirá para atender mausoleos, tumbas y panteones. Afuera, vendedores de jardineras y placas en granito, y floristas proponiendo azucenas, gladiolos, boquitas de león y girasoles.
Pórtico del Cementerio de Santa Clara
©cAc 2004


Me tomo una pausa para pensar en aquel 2 de noviembre en que dejamos Quito para instalarnos en Guachala, una de las más viejas haciendas del Ecuador. Apenas instalados tomamos un autobus hasta Cangahua. El pueblito bullía, y cada vez más gente llegaba, en su mayoría, los habitantes de las comunidades indígenas que viven en los alrededores, una zona de suelos cangahuosos, volcánicos, trabajados por la erosión. La aridez se reflejaba en el rostro de los indios, cabizbajos, silenciosos, en marcha hacia el cementerio con sus jolgorios de comidas, sus recipientes de colada morada y sus guaguas de pan. Asistimos a la fiesta que ofrecen los vivos a los muertos, comiendo los platos que gustaban los ausentes, tomando las bebidas que ellos preferían, sentados sobre la tierra seca, o deshierbando un cuadrado pobre donde un ser querido reposa. La tristeza nos invadió y al rato dejamos el cementerio, al que seguían acudiendo blancos y mestizos de poblaciones allegadas y los indios con sus ponchos coloridos, las mejillas quemadas por el viento seco que sopla en los Andes.

© cAc 2004
http://picasaweb.google.fr/carcasoliva/Cangahua2Nov
Podíamos haber pedido al chofer de detenerse en el pórtico de Guachala, pero el autobus iba directo a Cayambe y decidimos dar una vuelta por el pueblo a los pies del volcán del mismo nombre alto de casi 6000m. Cayambe era también un hormigueo y las galerías interiores del cementerio apenas daban cabida a tanta gente. Escenas familiares tristes y acordes de guitarras por doquier. Y había un músico ciego que iba de tumba en tumba sacándole a su acordeón las notas más tristes de su repertorio para acompañar letras cuyo quejido salía del camposanto y tocaba hondo, con su melancolía.

© cAc 2004
http://picasaweb.google.fr/carcasoliva/Cayambe2Nov
En dos días, pusimos nuestros pies en tres camposantos. No somos superticiosos pero tanta tristeza y cruces y nombres, y muertos esperando a alguien que nunca llegó, y miradas de una dureza sin límites nos produjo un escozor, algo nos gritaba dentro de dejar cada vez aquellos recintos, nos internamos en las calles todavía concurridas de Cayambe llevando con nosotros una pena que nos se nos apartó durante todo el viaje.

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